Isabel la Católica ante el Castillo de La Mota de Medina del Campo.

Isabel la Católica y la paz: la virtud menos conocida de una reina que culminó la Reconquista

Justicia, autoridad, fortaleza, determinación, feminidad, piedad o una elevada concepción de la dignidad humana… La lista de virtudes que adornaron a Isabel la Católica es extensa. Tanto, que condensar sus 53 años de vida en una conferencia se antoja improbable. Pero si hubiese que buscar una virtud capaz de sobreponerse a todas ellas, Agustín Máximo Garay elegiría una quizá menos evidente al hablar de una reina que culminó la Reconquista, gobernó durante una guerra sucesoria y contempló el nacimiento de una Monarquía destinada a extenderse por buena parte del mundo: la paz.

Así lo defendió el historiador argentino el pasado 17 de julio en Medina del Campo durante la conferencia Los valores de Ysabel la Católica. De hecho, el mismo Garay reveló que el título que contempló inicialmente para su intervención era otro: Isabel la Católica, la reina de la paz.

Una paz que la reina no entendía meramente como ausencia de guerra o algo que hubiese que defender a costa de todo lo demás. Para explicarlo, Garay acudió a san Agustín y a su concepción de la paz como fruto del orden: “¿Y qué otra cosa fue la vida de Isabel sino un impulso irrefrenable por poner en orden su reino, la vida de su pueblo, hasta la misma Iglesia? Y también, en primer lugar, poner en orden su vida, su matrimonio, sus sentimientos”.

Desde esta perspectiva, algunos episodios aparentemente desconectados del reinado adquieren un hilo común a todos ellos: la virtud y una mirada trascendente capaz de trasladarla al gobierno.

Medina del Campo, clave para Isabel la Católica y la paz

Pocos lugares resultaban tan adecuados para explicarlo como Medina del Campo. En este sentido, Garay recordó la especial protección dispensada por los Reyes Católicos a sus ferias, declaradas en 1491 ferias generales del reino. No se trataba únicamente de favorecer el intercambio de mercancías: tras aquellas ferias se forjaba todo un sistema económico, desde mercaderes y cambistas hasta banqueros, créditos y letras de cambio, que terminaría convirtiendo a Medina en uno de los grandes centros financieros europeos.

La paz también podía construirse entre mercados, caminos y mercaderes. Y es que Isabel y Fernando fomentaron la producción y el comercio interior y exterior, mientras las rutas castellanas llevaban hasta Medina lanas, paños, tejidos, sedas, brocados, joyas o tapices procedentes de distintos puntos de España y Europa.

Pero para comerciar hacía falta algo más que producir: eran necesarios caminos seguros, medidas comunes, reglas y garantías. Orden.

Garay recordó así la Pragmática de 1496, que sistematizó unidades como la vara, la libra, la fanega o el azumbre; la protección proporcionada por la Santa Hermandad; y las llamadas cartas de seguro concedidas a quienes acudían a las ferias. En una de ellas, expedida en Trujillo en septiembre de 1479, la Corona mostraba así su compromiso de proteger a los mercaderes que acudiesen a Medina junto a “sus mercadorías, bienes, ganados e bestias”:

“Tomamos recibimos en nuestra guarda de seguro de amparo defendimiento real a todos e cualesquiera mercaderes y otras personas de cualquier ley estado de condición, preeminencia y dignidad que sean. Así de estos mis reinos como de Fuera de ellos que vinieren a la dicha feria de Medina del Campo”.

De hecho, la Corona no se limitaba a permitir el comercio, sino que procuraba generar las condiciones para hacerlo posible. La misma lógica explica, según Garay, que Isabel se negase a trasladar las ferias a Valladolid incluso después de los grandes incendios que asolaron Medina en 1491 y 1492, depositando de nuevo su confianza en la capacidad de sus habitantes para reconstruirlas.

Por si fuera poco, aún quedaba un nuevo hito: la Real Pragmática de Medina del Campo del 13 de junio de 1497, que reformaba profundamente el sistema monetario, fijando pesos, leyes y tipos de monedas y ordenando las cecas autorizadas para acuñarlas.

Mercados, moneda, seguridad, pesos, medidas… Un conjunto de realidades aparentemente alejadas de las grandes gestas del reinado, pero que, vistas conjuntamente, muestran una misma preocupación que perseguía continuamente a la reina: poner orden para permitir que una sociedad prospere en paz.

De Medina a América: dignidad y salvación

Lo emprendido en Medina del Campo cobraría un sentido práctico a miles de kilómetros. A tan solo tres días de morir en esta misma villa, Isabel incorporaba a su testamento el célebre codicilo en el que regresaba por última vez a una cuestión que había ocupado buena parte de sus preocupaciones durante los últimos años. No era otra que el futuro o la suerte de los habitantes de las nuevas tierras americanas.

Su mandato no daba lugar a dudas en lo relativo a los indígenas, encargando a sus sucesores que “no consientan ni den lugar a que los indios, vecinos y moradores en las dichas Indias y Tierra Firme, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas y bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados. Y si algún agravio han recibido, lo remedien”.

Lo dicho por la reina a las puertas de la muerte no era una preocupación sobrevenida ante su agonía. Como recordó Garay, después de que Colón enviase centenares de indígenas a la Península para ser vendidos como esclavos, la Corona suspendió la operación y sometió la cuestión a una junta de teólogos, letrados y canonistas. La resolución definitiva se plasmaría en la Real Cédula de 20 de junio de 1500, que ordenaba poner a los indígenas en libertad y devolverlos a sus tierras.

Garay acudió entonces al historiador Rafael Altamira, para quien aquel día constituía una “fecha memorable para el mundo” por representar “el primer reconocimiento del respeto debido a la dignidad y libertad de todos los hombres, por incultos y primitivos que sean”.

Pero la visión de la reina distaba mucho de ser una mera prohibición de determinados abusos. Quería salvarlos. Algo que se aprecia especialmente en las instrucciones dirigidas a Nicolás de Ovando, en las que la propia reina explicaba: “Nos deseamos que los indios se conviertan a nuestra santa fe católica y sus ánimas se salven, porque este es el mayor bien que les podemos desear”.

Una evangelización que debía realizarse, según las mismas instrucciones, “sin les hacer fuerza alguna”, informándolos y amonestándolos “con mucho amor”. A ello se añadían órdenes para devolver a los indígenas cuanto se les hubiese tomado contra su voluntad, impedir que los caciques los maltratasen, levantar hospitales “en que se acojan y curen los pobres, así los cristianos como los indios” e incluso favorecer matrimonios entre ambos pueblos.

Es precisamente aquí donde Garay encuentra uno de los signos más profundos de aquella concepción de la dignidad humana: España no se limitaba a proclamar teóricamente la igualdad de los habitantes de las nuevas tierras, sino que ponía a disposición algo incomparablemente más concreto, sus propios hijos y su descendencia. “¿Qué mayor garantía de igualdad y de dignidad se puede dar?”, planteó.

Ni feminista ni sumisa: femenina

Garay no considera necesario presentar a la reina como una precursora del feminismo: le basta con reconocerla como una mujer “auténtica y profundamente femenina” que no se privó “de nada como persona, ni como esposa, ni como reina por el solo hecho de ser mujer”.

Isabel había demostrado desde muy joven una extraordinaria determinación para decidir sobre su propio matrimonio, rechazando sucesivos proyectos matrimoniales hasta escoger finalmente a Fernando de Aragón. Fue también esposa y madre, cuidó especialmente la educación de sus hijas —Isabel, Juana, María y Catalina— y mostró, según recordó Garay, una particular preocupación incluso por las hijas extramatrimoniales de Fernando.

Una feminidad que no fue obstáculo para ejercer de forma efectiva y, cuando fue necesario, implacable, su autoridad. Algo que se aprecia especialmente en la escena de su proclamación en Segovia.

Muerto Enrique IV, Isabel no esperó a Fernando para ser proclamada. Hernando del Pulgar recoge cómo fue reconocida como “reina, mujer y propietaria” de aquellos reinos, mientras Diego de Valera relata que, camino de la catedral, Gutiérrez de Cárdenas cabalgaba delante de ella portando una espada desnuda.

La espada, lejos de ser un adorno, manifestaba públicamente cómo a Isabel correspondía “punir e castigar los malhechores” en cuanto “reina y señora natural” de sus dominios. De este modo, la determinación de la Reina Católica muestra que, lejos de algunos esquemas proyectados retrospectivamente sobre el pasado, en aquella Castilla pudo ser al mismo tiempo mujer, reina y propietaria.

La paz, el móvil último de sus acciones

Incluso la preocupación de Isabel por sus ejércitos fue contemplada por Garay desde esta misma perspectiva. Tras comprobar las muertes ocasionadas por heridas desatendidas después de la batalla de Toro, organizó un hospital militar de campaña con tiendas, materiales y personal sanitario; y durante la campaña de Granada prefirió prolongar el sitio antes que precipitar un asalto que multiplicase las bajas.

No se trataba de asumir la paz como incapacidad para combatir, pero tampoco de ejercer la guerra como un bien deseable. “Me he ido dando cuenta con el tiempo, a medida que voy conociendo a Isabel, que era el móvil último y más motivador de cada una de sus decisiones, de sus gestos, de sus políticas”, afirmó Garay precisamente sobre esa “suprema valoración de la paz”.

El gobierno, la justicia, la economía, la evangelización y hasta el uso legítimo de las armas aparecen así dirigidos hacia un mismo orden.

La definición de san Agustín escogida por Garay no solo permite contemplar bajo una misma luz las ferias de Medina, la libertad de los indígenas, una espada desenvainada en Segovia o unas tiendas hospitalarias ante Granada. También explica, en cierta forma, por qué tras dedicar buena parte de su ponencia a los grandes logros de la reina, el conferenciante concluyese apuntando no hacia su trono, sino hacia los altares.

“Mi último deseo es que algún día no muy lejano la podamos ver en los altares y la podamos honrar como Santa Isabel de Castilla”, confesó antes de recordar la expansión misionera emprendida durante su reinado y pedir la canonización de la reina, subrayando que “más de la mitad de los católicos son católicos gracias a la acción misionera que emprendió a Isabel”.

Recorridos los terrenos de la economía, América, la dignidad humana, la feminidad, el gobierno, la guerra y la paz, Garay dejó de hablar como argentino y concluyó presentándose a sí mismo como hijo de su acción política y misionera: “Roguemos a Dios que nos bendiga con la próxima canonización de nuestra reina y no dudemos, no dudemos nunca en dirigirnos a ella con la confianza que verdaderamente somos hijos de su acción política y misionera. Su majestad, ruegue por nosotros, que desde acá la queremos y la necesitamos”.

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