En su programa No tengas miedo, de Historias ocultas de la historia Ana Beatriz Becerra y Santiago Rospide han entrevistado el destacado pensador y filósofo argentino Antonio Caponnetto, que describió los milagros de la batalla de Covadonga y el significado teórico de la misma para introducir las causas de la guerra santa.
Considerado por muchos como el intelectual de mayor peso y relevancia de la actualidad en el pensamiento católico e hispanista de Argentina, es doctor en Filosofía por la Universidad Autónoma de Guadalajara y profesor de la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires. También forma parte del Conicet en el área de Ciencias Sociales y Humanidades y es cofundador de la Corporación de Científicos Católicos y del Consejo Consultivo de la Fundación Gladius.
Su tendencia polifacética le ha llevado a dominar disciplinas tan variadas como la teología, historia, filosofía o incluso la poesía y escritura, habiendo publicado más de 40 libros.
Con motivo del anuncio de la Primera Peregrinación Hispánica a España que tendrá lugar en entre el 29 de octubre y el 5 de noviembre junto al padre Luis Murri, Becerra y Rospide han recibido a Caponnetto en el canal para desarrollar la relevancia histórica, significado y milagros acaecidos durante la batalla de Covadonga, analizando también su relación con el concepto de la guerra justa.
Catoliquísimas tropas
El pensador comenzó refiriendo a los contendientes de la histórica batalla ocurrida en el año 722. Una batalla que no solo supondría “la primera gran victoria cristiana sobre las fuerzas mahometanas tras la invasión del 711”, sino también “la creación del reino de Asturias y el comienzo de la gloriosa reconquista que terminaría en Granada en 1492.
Por un lado, Don Pelayo lideró a unas “catoliquísimas tropas” que se enfrentaron a las mahometanas, con Munuza, Al Qama y el “siniestro y particular obispo apóstata Oppas”.
La conducta de Don Pelayo en Covadonga
Citando a los principales cronistas y relatores de la batalla, Caponnetto hizo referencia al marcado carácter cristiano del caudillo visigodo que impregnaría todo el episodio.
“Antes de la batalla, envuelto en una piel de lobo, desenvainó su espada, la clavó en la tierra, se arrodilló ante la rústica imagen de piedra de la Inmaculada Concepción que se encontraba en la cueva y comenzó a rezar”, subrayó.
Lo hacía “con entusiasmo, con fervor y con la frente apoyada sobre la empuñadura de la espada”, lo que motivó al resto de guerreros y montañeses astures, que lo miraban con sorpresa y respeto y, en silencio, comenzaron a rezar a la Madre de Dios.
“Las palabras de Pelayo se elevaban al cielo como una oración y resonaban estruendosamente en la cueva llenando los corazones de esos hombres de fe y de valor”, describió el profesor argentino.
Solo entonces, tras permanecer durante varios minutos en oración y dispuesto al combate, Pelayo se inclinó a besar la imagen de la Virgen.
Al grito estruendoso de “Santiago y Cierra España”, cuenta, hizo “temblar las paredes de la cueva en la que convocó a sus hombres para defender la santa fe enfrentando al mahometano que ya había penetrado en España”.
También hizo referencia a su personalidad carismática, fundamental en la batalla, pues “los españoles estaban necesitando una figura arquetípica” tras la derrota de Guadalete. “Y Pelayo era esa figura arquetípica: un noble rey godo, un hombre virtuoso, casto, descendiente de reyes, capitán de la guardia pretoriana que sobrevivió en Guadalete.
Don Pelayo declara la “guerra sagrada”
Ante la insistencia de Oppas por la rendición y apostasía de Pelayo en Covadonga, Caponnetto regresó a las fuentes para rescatar una respuesta del caudillo que no dejaba lugar a dudas, y que cita:
«Conviene usar de presteza y de valor para que los que tenemos la justicia de nuestra parte sobrepujemos a los contrarios con nuestro esfuerzo. Con corazones atrevidos avivemos la esperanza de recobrar la libertad. Acudamos pues con esfuerzo y corazón que esta es buena ocasión para pelear por la antigua gloria de la guerra, por los altares y los hogares y la fe y la religión. Por lo que a mí toca, estoy determinado con vuestra ayuda de acometer esta empresa y peligro. Tomad las armas y ayudarnos en esta guerra sagrada guerra sagrada. Vencer o morir, antes que sufrir vida tan miserable tan extrema afrenta y desventura como la invasión de los mahometanos”.
Una declaración que, según Caponnetto, sería de gran relevancia para el análisis de la batalla, pues en ella “se dan todas las condiciones, requisitos y circunstancias” que se consideran constitutivas de una guerra justa.
“Los mahometanos presentían la derrota”
El profesor remarca cómo, a pesar de que los cristianos se encontraban en verdadera desventaja, el ejército islámico presentía una posible derrota, lo que explica que, pese a la desproporción favorable a estos, pidiesen refuerzos que finalmente aportó Al Qama. Caponnetto calcula que las fuerzas que se enfrentaron estaban asimétricamente en desventaja, en una proporción de un cristiano por cada diez invasores.
“Pelayo hizo algo extraordinario”, relata. “Esperó a los musulmanes en un lugar estratégico en el angosto valle de Cangas de los Picos, parecido a lo que hizo Leónidas. Allí las numerosas huestes de Al Qama no disponían de espacio para maniobrar. Pelayo los encerró en el desfiladero y en ese laberinto de valles se encontró con una cueva sagrada, donde una imagen de la Virgen era venerada”.
Aquel lugar sería el que finalmente presenciaría la batalla, en la que “cientos de combatientes católicos se dispusieron a defender hasta el derramamiento de la última gota de sangre el territorio que estaba siendo invadido por el infiel”.
“Pelayo dividió a sus hombres y, con los que quedaron con él en la cueva, rezaron a la Virgen implorando el socorro del cielo, un milagro, porque indudablemente la desproporción de fuerzas era abrumadora”, remarcó el intelectual argentino.
Los milagros de la batalla de Covadonga
Fue a partir de este momento cuando comenzaron lo que Caponnetto no duda en llamar “los milagros de la batalla de Covadonga”.
“Indudablemente la Virgen los asiste con un milagro, o con varios”, especialmente en un primer episodio “que tiene mucho de preternatural”. Hablaba así de un suceso iniciado por Opas, el “obispo apóstata”, que pidió nuevamente a Pelayo que abandonase la contienda ante su inferioridad numérica. Esta fue la respuesta que habría dado el rey astur:
“Ni tendré amistad con los árabes ni me sujetaré a su imperio … Tenemos confianza en la misericordia de Dios, que hará salir de este montecillo que tienes a la vista la salud de Hispania y la restauración del ejército de los godos para que se cumplan en nosotros aquellas palabras del profeta: `Con la vara castigaré sus iniquidades y con los azotes sus pecados mas no apartaré de ellos mi misericordia´. Esperamos en la misericordia del Señor la restauración de su Iglesia y de su pueblo y la aventura del reino, por lo que despreciamos a esta muchedumbre de paganos y jamás nos mezclaremos con ellos”.
El segundo milagro de Covadonga: “Caos en el ejército enemigo”
El segundo de los milagros de la batalla de Covadonga relatado por Caponnetto presenta a un Pelayo que, levantando la famosa “cruz de la Victoria”, vio según la leyenda como caía sobre el ejército invasor “una lluvia de piedras y de flechas que los infieles intentaban responder”, viendo cómo estas rebotaban
“En esto consiste el milagro: las piedras rebotaban y, como hechizadas o dirigidas por arcángeles, volvían sobre la tropa mahometana y destrozaba sus cuadros, habiendo generado el caos en el ejército enemigo y causado numerosas bajas”, relata.
El filósofo citó varias crónicas relatando la victoria cristiana, resumiendo lo que considera un auténtico milagro: “Sin un líder y atrapados entre las montañas que desconocían, fueron emboscados por un puñado de católicos y de españoles fieles y terminaron escapándose como pudieron, muriendo muchísimos en el terreno”.
“La tierra se desmoronaba a su paso”
El que Caponnetto considera el tercero de varios milagros que se habrían dado en Covadonga es el también difundido por los cronistas, asegurando que, durante la huida del invasor, la propia tierra se desmoronaba al paso de los invasores que huían.
“Los sitios que pisaban se convertían en precipicios y caían abatidos por la lluvia de lodo, fango, montes, sierras… en una especie de llamamiento de la Divina Providencia a que se retiraran de ese sitio”, explicó Caponetto. Una visión que el mismo Alfonso III, invitando a “no juzgar este hecho milagroso como inútil o fabuloso” y recordando “que Aquel que sumergió en el Mar Rojo a los egipcios… es el mismo que sepultó bajo la inmensa mole de la montaña a los árabes que perseguían a la Iglesia del Señor”.
A continuación la ponencia completa de Caponetto:
