Formados en un ambiente social que les era algo hostil debido a las expectativas de limpieza de sangre, y sin estudios formales que les pudieran haber abierto otro camino, se fueron los siete hermanos varones de santa Teresa de Jesús (1515-1582) a “hacer las Américas.”[1]
Los hermanos varones de santa Teresa
Hernando, el mayor de ellos, se trasladó al “Nuevo Mundo” cuando Teresa tenía quince años y estaba con las agustinas en Nuestra Señora de Gracia; Rodrigo – viajero y compañero de las misiones imaginarias de Teresa cuando era niña – se va a Río de la Plata en 1535, justo antes de que Teresa entrase en el monasterio carmelita de la Encarnación (Ávila); en 1540 se marchan Lorenzo, Jerónimo y Pedro a ayudar a resolver el conflicto entre Diego de Almagro y Francisco Pizarro; y en 1543, Antonio y Agustín acompañan a su vecino, Blasco Núñez de Vela, recientemente nombrado primer virrey del Perú.
Teresa mantiene la conexión con sus hermanos por vía epistolar, y cotejando su camino de perfección con los viajes de sus hermanos, esta década del lanzamiento de los conquistadores abulenses es la misma del despertar espiritual de Teresa, con su descubrimiento del Tercer Abecedario de Francisco de Osuna, y otros libros de oración. Florecerá espectacularmente su desarrollo espiritual en la siguiente década, la de los 1550, con visiones, locuciones y sobre todo su rendición completa a la voluntad de Dios, Esposo suyo desde que recibe el don del matrimonio espiritual, descrito en sus séptimas Moradas.
La involucración de Lorenzo con Teresa
La intimidad con Jesucristo que Teresa goza en los 1550 lleva a sus primeras fundaciones en los 1560, la etapa en la que Lorenzo, desde Quito, se destaca por su relación estrecha y colaboración con Teresa. Es Lorenzo, ya prosperando como encomendero, el que manda dinero para la fundación de San José en Ávila, la primera de la reforma descalza.
La involucración de Lorenzo en el establecimiento de San José, primer paso de toda la reforma teresiana posterior, podría reconocerse más (razón por la cual estoy escribiendo este comentario), igual que la visita en 1565 de fray Alonso Maldonado a San José, dos años antes de la extensión de la descalcez. El encuentro de santa Teresa con el apasionado misionero fray Alonso debería enfatizarse tanto como el encargo del Padre General, Juan Bautista Rossi (Rubeo en español), como origen de todas las fundaciones que se llevan a cabo después de San José.
El franciscano fray Alonso no era hermano carnal de Teresa, pero el testimonio que le trajo de las colonias se lo podría haber comunicado cualquiera de ellos. Fray Alonso fue formado por el P. Bartolomé de las Casas, dominico, y se convenció de la distinción entre los conquistadores y los misioneros, orientados estos últimos hacia la salvación de las almas. Después de su coloquio con fray Alonso, en sus cartas Teresa recuerda a sus hermanos en las colonias que el motivo de su estancia tiene que ser las almas, si quieren ellos seguir perteneciendo a la raza humana y no convertirse en bestias.
El éxito de las fundaciones
Como nos cuenta Teresa misma en el Libro de las Fundaciones, fray Alonso le deja “tan lastimada de la perdición de tantas almas”, y tan envidiosa de la suerte de los frailes que habían llegado hasta las Américas, que clama al Señor, “suplicándole diese medio como pudiese mi oración algo, ya que yo no era para más”.
Se podría argüir que el Señor contesta a esta petición desesperada, inspirada por la vulnerabilidad de la gente del Nuevo Mundo, con una respuesta en tres partes: primero, el encargo del P. Rubeo de que Teresa extendiese las fundaciones; segundo, el éxito de las demás fundaciones; y tercero, el reconocimiento, después de muchas persecuciones y sufrimientos, de los descalzos como orden propia, separada de los carmelitas calzados. Si quisiéramos mencionar una cuarta respuesta, sería la aparición de san Juan de la Cruz, fray Juan de Santo Matía, en la vida de santa Teresa de Jesús, en 1567.
Quiero volver ahora al nacimiento de la reforma del Carmelo, y al lazo de Teresa y Lorenzo. Si Teresa de pequeña jugó a peregrinos, mártires y ermitaños con Rodrigo, de mayor se hace misionera y fundadora con Lorenzo.

Santa Teresa y su hermano Rodrigo, intentando construir ermitas, de Juan García de Miranda.
Hacia el reencuentro de los dos hermanos, Teresa y Lorenzo
Existen 17 cartas escritas por Teresa a Lorenzo, en las que le mantiene al tanto de su reforma y le sirve de guía espiritual. En la primera que se conserva le da las gracias por el dinero enviado para fundar San José, y le anima a volver a España para colaborar con ella por “la honra y gloria de Dios”. Lorenzo ha tenido éxito en las colonias, llegando a ser nombrado regidor del cabildo y tesorero de las cajas reales en 1550.
Según consta en el proceso de beatificación de Teresa, esta mereció el favor divino de poder visitar en espíritu a su hermano Lorenzo en Quito, y de verle en casa con su familia. Sabe que ha sido feliz allí, pero ya es hora de que regresa a su tierra natal.
Al final sí que vuelve a España y se reencuentran los dos hermanos, pero no antes de varias pruebas. Muere de sobreparto la querida esposa de Lorenzo en 1567. Teresa se comunica con su hermano desolado para animarle, recordándole que hay vida eterna, más allá de esta.
Lorenzo decide dejar sus negocios y volver a España. Teresa prefiere que vuelvan todos sus hermanos a España, sobre todo si es para asegurar la salvación de sus hijos. Ve que eso es lo que le importa ya a Lorenzo, mucho más que las propiedades que pueda acumular en Quito. Le escribe a principios de 1570, anticipando y celebrando su próxima vuelta a Ávila, guiado hacia ella por el Señor, para que (en palabras de ella) “nos juntemos para procurar más su [la del Señor] honra y gloria, y algún provecho de las almas”. Están rezando por Lorenzo “en todos nuestros monesterios” [sic], le escribe su hermana.
Está tomada la decisión, pero aun así a Lorenzo le cuesta salir de Quito. No está libre. Es encomendero, y necesita un permiso especial del rey Felipe II, otorgado finalmente por un período de dos años. Lorenzo ayuda a su hermano menor, Jerónimo, que también obtiene permiso del rey para volver a España.
Regresarán juntos Lorenzo, Jerónimo, Pedro y los cuatro hijos de Lorenzo. La travesía es difícil, y no sobrevive Jerónimo. Cuando sabe que su hermano ha muerto “como un santo”, Teresa acepta la triste noticia con valentía. Tampoco llega a España Esteban, hijo menor de Lorenzo, que muere en brazos de su padre, este otra vez lastimado por la pérdida de un ser querido. Los viajeros que quedan echan el ancla en Sanlúcar de Barrameda a principios de agosto de 1575.
Falta poco para que los hermanos Teresa y Lorenzo se reúnan después de 34 años de separación. La reforma del Carmelo, a la que ha contribuido el encomendero Lorenzo, lleva más de diez en pie. Teresa le enseña a su hermano a orar, le inicia en la vida espiritual, le presenta a fray Juan de la Cruz, le incluye en un Vejamen poético y le acompaña al instalarse en La Serna, a cinco kilómetros de Ávila.[2]
Cuando la perfección espiritual de Lorenzo llega a tal punto que quiere deshacerse de los bienes, incluyendo sus propiedades en La Serna, Teresa le disuade, diciéndole que “lo que gastare en La Serna es bien gastado”. Es padre, y sus deberes familiares son lo primero. Ya no es hora de que se haga fraile mendicante, le escribe.
Teresita, la primera carmelita americana
Es más. Ella misma sigue beneficiándose de su dinero. Lorenzo financia el establecimiento de las carmelitas descalzas en Sevilla, la décima de la reforma, igual que ha ayudado a fundar San José de Ávila, la primera. Incluso se mete en problemas por la financiación (“por cierto yerro que se hizo en la escritura,” según la Santa — estamos en los años de la persecución de la descalcez) y casi es llevado a la cárcel. Tiene que esconderse en un monasterio de frailes descalzos, con el Padre Gracián, también perseguido. Si Teresa es la primera, Lorenzo es el segundo fundador del monasterio del Carmen en Sevilla.
Además de financiar dos de sus fundaciones clave, Lorenzo le da a Teresa algo más, algo mucho más precioso para él, mucho más valioso que la riqueza que ha traído de las Américas: su hija Teresita, de nueve años, que, al haber nacido en Quito, será la primera carmelita americana. Con esta hija biológica de Lorenzo, hija espiritual de Teresa, existía la semilla de las futuras fundaciones carmelitas en las Américas.
Con estas pinceladas, se aprecia el entretejido -la unión- de la conquista del Nuevo Mundo con la reforma del Carmelo, la mezcla de la labor de Lorenzo con el empeño de su santa hermana, incluso la interconexión indirecta de las almas indígenas pertenecientes al encomendero con las monjas carmelitas que llenaron las fundaciones de la descalcez. Pero la conquista…¿por qué tuvo que haber conquistadores y no solo misioneros, para volver a la distinción hecha por fray Alonso Maldonado, que hizo tanto impacto en santa Teresa?

Primer milagro de Santa Teresa de Jesús. Resurrección de su sobrino, Gonzalo Ovalle, hijo de su hermana, Juana de Ahumada.
Encomenderos ya no, misioneros sí, gracias a Teresa
El Papa Benedicto XVI, con su encíclica Deus caritas est, ofrece una respuesta indirecta, al tratar en los párrafos 5, 6 y 18, del amor (eros) que se eleva y se purifica, en un camino de ascesis, renuncia, purificación y recuperación, para llegar a ser ágape, amor que es “verdaderamente descubrimiento del otro, superando el carácter egoísta que predominaba antes”. Encomenderos ya no, misioneros sí, gracias a Teresa y la sublimación de los esfuerzos de su hermano Lorenzo: “Ahora el amor es ocuparse del otro y preocuparse por el otro”.
En la primera década del siglo XX, el doctor Polit, arzobispo de Quito y autor de “La familia de Santa Teresa en América y la primera carmelita americana: estudio histórico”, entiende las implicaciones espirituales de la conquista de territorios tan lejos de Europa de esta manera:
“Para la celosa Amante de Jesús [Teresa], ¿no sería anhelo ardiente de su alma el que esas conquistas formasen el nuevo imperio de su Esposo, en compensación de los jirones que arrancaba al antiguo la herejía? ¿No le pediría que en estos países se arraigase la fe, se cultivase la virtud, se honrase a la Iglesia y se diese gloria a Dios?” Fruto del amor familiar de un hermano y una hermana, un ágape que se extiende por todo el mundo, es lo que celebraba el arzobispo quiteño, desde la ciudad americana que patrocinó, a través de Lorenzo y Teresa, la revitalización espiritual de la España del siglo XVI.
Denise DuPont, SMU
[1] Quería darle las gracias a María José Pérez González, carmelita descalza de Puçol (Valencia) por revisar este artículo y por sus sugerencias valiosas. Recomiendo su blog: https://delaruecaalapluma.com/. Para este estudio de la colaboración de Teresa y Lorenzo, me he basado en varias fuentes: “Teresa de Jesús: corazón en España, alma en América,” Alfa & Omega, “Cultura. Arte” (31 marzo 2016). https://alfayomega.es/teresa-de-jesus-corazon-en-espana-alma-en-america/, de un colaborador anónimo; “La familia de Teresa en América: pensamiento americano de Teresa.” https://teresavila.com/ficha/la-familia-de-teresa-en-america-pensamiento-americano-de-teresa/, de la Editorial Monte Carmelo, Fonte Grupo Editorial.
Y también: “¿Qué relación tuvo santa Teresa con América?” Aleteia https://es.aleteia.org/2016/04/02/que-relacion-tuvo-santa-teresa-con-america y Manuel María Polit, “La familia de Santa Teresa en América y la primera carmelita americana: estudio histórico”, Guaraguao 18.47 (Invierno 2014), 119-197, publicado por el Centro de Estudios y Cooperación para América Latina (CECAL), URL: https://www.jstor.org/stable/43488008. La conclusion hace referencia a Papa Benedicto XVI, Deus caritas est (25 diciembre 2005), https://www.vatican.va/content/benedict-xvi/es/encyclicals/documents/hf_ben-xvi_enc_20051225_deus-caritas-est.html.
[2] El Vejamen es un texto fascinante. Es un comentario satírico escrito por santa Teresa, sobre una conversación que ella no presenció, pero que tomó lugar en San José de Ávila, durante las Navidades de 1576. Se reunieron en el locutorio del convento unos amigos y el hermano de Teresa, para discutir las palabras que Teresa había entendido cuando oraba:
“Búscate en Mí.” Participan en el coloquio Lorenzo de Cepeda, Francisco de Salcedo, Julián de Ávila y san Juan de la Cruz. Preside el obispo de Ávila, D. Álvaro de Mendoza, y escuchan las monjas descalzas. Luego estas se comunican con Teresa, que se encuentra en Toledo, pidiéndole su parecer sobre las intervenciones de todos los participantes.
En su respuesta satírica, Teresa se ríe un poco de san Juan (“Dios me libre de gente tan espiritual que todo lo quieren hacer contemplación perfecta”), y de su hermano, a quien acusa de falta de humildad por tratar temas tan elevados, pero también le anima a seguir arrimándose al convento de San José: “Plega a Dios se le pegue algo de estar junto a la miel, que harto consuelo me da…”. Para el texto completo, ver Santa Teresa de Jesús, Obras completas, ed. Efrén de la Madre de Dios, OCD, y Otger Steggink, O. Carm., 9ª edición, Madrid: Biblioteca de Autores Cristianos, 2003; 1431-1433.
