Santa Teresa.

Santa Teresa, primera doctora de la Iglesia: reflexiones de Denise DuPont sobre la «Heroína de la Hispanidad»

Por qué se identificaba a la santa como “símbolo de hispanidad y catolicidad…»

El papa Pablo VI declaró a Santa Teresa de Jesús como la primera doctora de la iglesia el 27 de septiembre de 1970. Santa Catalina de Siena sería la segunda, declarada el 4 de octubre de 1970. Pero cuando Pablo VI dio su aprobación al doctorado de Teresa, no fue ni mucho menos el primero en llamarla doctora.

El camino de Teresa hacia el doctorado eclesiástico fue largo y curioso. Empieza por el agustino Fray Luis de León, que observa al publicar la primera edición de las obras de Teresa en 1588 que sus escritos parecen obra del Espíritu Santo, “que la regía la pluma y la mano”.[1] La liturgia celebra su doctrina y erudición desde el momento de su beatificación, en 1614.[2]

Quiénes son los doctores de la iglesia

Antes de seguir con el trayecto de Teresa hacia el doctorado, haremos un breve repaso de la tradición de nombrar doctores a las eminencias de la historia eclesiástica.

Existen “doctores” en las Escrituras desde que san Jerónimo tradujo el término “maestros”, utilizado por san Pablo en griego, como “doctores” en la Vulgata (1 Corintios 12:28; Efesios 4:11-13).[3] Este lenguaje se quedó entonces en el repertorio de la Iglesia en las regiones donde dominaba el latín. En las épocas patrísticas y medievales, los términos “doctor” y “doctor de la iglesia” empezaron a vincularse con “padre,” y se usaban esas palabras más o menos indistintamente para los maestros preclaros de la doctrina cristiana.[4]

En el oeste, para el siglo VIII cuatro nombres destacaban: san Ambrosio, san Agustín, san Gregorio Magno y san Jerónimo. En 1298, el papa Bonifacio VIII decretó que el oficio litúrgico para estos cuatro santos, “grandes doctores de la Iglesia” gracias a sus elevadas enseñanzas que revelaron los misterios de las Escrituras, desataron nudos y aclararon dificultades, se celebraría como fiesta dúplex, igual que se hacía con los apóstoles y evangelistas.[5]

Para merecer el título de “Padre” las figuras eclesiásticas tenían que demostrar antigüedad, doctrina ortodoxa, santidad de vida y aprobación de la Iglesia.[6] Basándose en la lectura establecida de las epístolas de san Pablo (1 Corintios 11:3-5 y 14:34-35; y 1 Timoteo 2:11-12), el papa daba por sentado que también hacía falta que fuesen hombres, porque las mujeres no podían ser maestras públicas en la iglesia.[7] En la alta edad media, entonces, “doctores” y “padres” seguían siendo esencialmente lo mismo en los ojos de la Iglesia, y todos ellos tenían que ser hombres.

En el siglo XVI, poco después del Concilio de Trento (1568), el papa Pío V incorporó a la lista de doctores cuatro padres del este: San Basilio, san Gregorio Nacianceno, san Juan Crisóstomo y san Atanasio. Pío V también declaró doctor de la Iglesia a santo Tomás de Aquino en 1567, y Sixto V hizo lo mismo con san Buenaventura en 1588.[8] A partir de ese momento, tanto los santos medievales como los autores patrísticos podían ser doctores, con tal de que fuesen iguales a los autores antiguos en ortodoxia y santidad.[9]

En el siglo XVII se añadieron a la lista padres-doctores teólogos con extensas obras sistemáticas, y a partir del XIX y durante el XX, se incluyeron padres-doctores más orientados hacia la teología espiritual.[10] La evolución del énfasis en el doctorado primero anticipa y luego respalda el descubrimiento contemporáneo de la llamada universal a la santidad.

Santa Teresa, primera doctora de la Iglesia

Volviendo al camino hacia al doctorado de santa Teresa, tan pronto como en 1597 todos los capítulos catedralicios de España le piden al papa Clemente VIII nombrarla doctora, solo quince años después de su muerte.[11] Es en 1622 que sus admiradores comienzan a referirse comúnmente a ella como “maestra y doctora”, ya que los testimonios a favor de su canonización la caracterizan así, como fuente de excelsa doctrina.

Con la Bula de Canonización “Omnipotens sermo Dei” del 12 de marzo de 1622, el papa Gregorio XV enfatiza la sabiduría e inteligencia de la monja abulense, dones que Dios le otorgó para que quedasen no solo sus buenas obras (la reforma de la Orden carmelita, se supone), sino también sus “libros de mística teología y otros tratados llenos de piedad” que alumbran a la Iglesia de Dios con “su celestial espíritu de sabiduría.”[12]

Al describirla de esta manera, el papa Gregorio relaciona la santidad de Teresa con su identidad como “Doctora y Maestra de la santa Iglesia,” así que se le conoce como doctora desde el momento en que empieza a llamarse “santa Teresa.”

También en 1622, para celebrar a Teresa en España, los catedráticos de la Universidad de Salamanca proclaman a la nueva santa maestra y doctora mística de la iglesia, coronándola con el birrete que se haría con el tiempo símbolo de su doctorado eclesiástico, tanto en España como en Hispanoamérica.[13] Frecuentemente se colocaba o se pintaba un birrete sobre una imagen ya existente de la santa,[14] doctorándola iconográficamente cada vez que se añadía la prenda. Santa Teresa con el birrete era una representación favorecida y diseminada particularmente en el mundo hispanohablante,[15] llegando de esa manera a ser icono teresiano de la Hispanidad.

Es en esta misma época, a partir de la canonización de Teresa, que se organiza el movimiento para nombrarla co-patrona de España, junto con Santiago. Al final no sale esa iniciativa, pero Teresa se queda vinculada con la nación española, que se representa alegóricamente como femenina. Siempre tuvo sus partidarios que alegaban que la nación se encabezaba mejor por Teresa que por Santiago, gracias al genio femenino de aquella.[16] Los intentos de nombrarla patrona o co-patrona, uno bajo Felipe III y otro bajo Felipe IV, fracasaron porque los que mandaban creían que a España todavía le hacía falta un patrón guerrero, dado que era la época de la guerra de los treinta años, entre católicos y protestantes.[17]

Icono teresiano de la Hispanidad

El identificar a santa Teresa como más pacífica que Santiago, en la segunda polémica sobre el patronato (1626-1630), coincidió con los inicios de la tendencia a colocarle el birrete.[18] De todas maneras, su birrete no era incompatible con la defensa de la fe. También se le relacionaba a Teresa con Ignacio de Loyola, identificándola como “símbolo de hispanidad y catolicidad, en el emblema de la lucha del imperio contra las potencias protestantes secuaces del demonio.”[19]

En 1644, el carmelita Francisco de santa María da un paso más hacia el doctorado de santa Teresa, aseverando que “por su doctrina y libros goza nuestra Santa Madre el título de Doctora…es Doctora de la Iglesia por lo menos en Teología mística,” y que puede llegar a más con el tiempo, apoyado por los fieles “doctos y no doctos.”[20] Con esas palabras el autor carmelita, hijo de Teresa, invita a todos los fieles a fomentar su causa, para que la jerarquía eclesiástica pueda luego apelar al sensus fidelium en defensa del doctorado de Teresa.

La caracterización de Teresa como sabia se mantiene y se incrementa en los siglos siguientes.[21] Le suelen llamar Doctrix Seraphica en el siglo XVIII,[22] designación que va bien con el birrete que ya es de rigor.

El papa Clemente XI aprueba una Misa y Oficio para el Carmelo Teresiano en 1720, con textos bíblicos que normalmente se usan para las Misas y Oficios de los doctores de la Iglesia.[23] En 1873, Pío IX hace un llamado a que los libros de santa Teresa lleguen a las manos de la gente, afirmando que tal diseminación será útil y oportuna.[24]

Reforzar la liturgia referente a su doctorado y fomentar la producción de nuevas ediciones de sus obras fueron contribuciones importantes de los siglos XVIII y XIX. La liturgia y las publicaciones nuevas facilitaron que los fieles religiosos y laicos se acercasen a su santa querida. La conocieron mejor y la hicieron más suya con la celebración de su vida durante la misa y con la lectura de sus obras, ya más asequibles gracias a los avances de la imprenta.

Santa Teresa, heroína de la Hispanidad

Otro hito fue el tercer centenario de su muerte, en 1882, cuando el que hoy es santo Enrique de Ossó y Cervelló publicó en la revista Teresa de Jesús unos “Apuntes sobre el Doctorado de Santa Teresa.” Luis Martín, el que sería más tarde el General de la Compañía de Jesús, sacó a la luz el mismo año un estudio titulado “Santa Teresa de Jesús, doctora mística”.[25] El papa León XIII en el año 1883 comentó que la virtud celestial de Teresa es una fuente de provecho tanto para directores de almas “y los que aspiran a una santidad eminente,” como para todos los que aprecian la virtud cristiana y quieren salvar sus almas.[26]

En la última década del siglo XIX, el padre de Ossó colaboró con el gran arquitecto modernista Antonio Gaudí para crear el Colegio de las Teresianas, “coronado todo él con los simbólicos birretes doctorales de la Santa.”[27] Con este monumento arquitectónico y sus birretes numerosos, de Ossó y Gaudí reforzaron la iconografía teresiana que vimos ya en el acto celebrado por la Universidad de Salamanca en 1622. Además de la santa con mano y pluma guiadas por el Espíritu Santo, Teresa es definitivamente la santa maestra, luciendo birrete.

El tercer centenario de su canonización (1922) confirmaría esta asociación. En ese año, la Universidad de Salamanca nombró a santa Teresa doctor honoris causa en presencia de los reyes de España, haciéndose eco de la ceremonia organizada por la misma universidad trescientos años antes, y volviendo a llamar la atención a su birrete. El padre Félix Granda le construye un birrete especial, de ocho caras, igual que el que llevaban los doctores de la universidad en esa época, pero el de Teresa era de plata chapada en oro, con filigrana, esmaltes, marfil y piedras preciosas.[28]

Santa Teresa de Jesús, erudita, ya era doctora entre doctores en una de las universidades españolas más conocidas, y heroína de la hispanidad con el birrete espectacular que le había fabricado el p. Granda. También fue en ese momento que el obispo de Ávila le pidió al papa Pío XI declararla doctora de la iglesia.[29] Oiremos en breve su respuesta, pero primero hay que volver a 1914, el tercer centenario de la beatificación de santa Teresa, para conocer una intervención importante de Pío X.

Teresa, sabia y humilde

Con motivo del tercer centenario de su beatificación, el ahora santo papa Pío X les dirige una carta al Prepósito General de los Carmelitas y a toda la Orden de santa Teresa en la que recuerda las palabras de Gregorio XV, afirmando que la doctrina de Teresa “sobre la ciencia de la salvación fue tan eficaz y elevada, que en poco o en nada cede a la de los grandes Padres y Doctores de la Iglesia” Gregorio Magno, Juan Crisóstomo y Anselmo de Canterbury.[30]

El papa antepone discretamente las contribuciones de estos santos doctores, incluyendo a Teresa, a las suyas propias, a pesar de su entrega a la evangelización – su bien conocida promoción de la recepción diaria de la comunión y su cambio de la edad mínima recomendada para hacer la Primera Comunión, por ejemplo.[31]

Declara Pío X que “Nos estamos íntimamente persuadidos que para lograr el fin que perseguimos de restaurar todas las cosas en Cristo, serán más eficaces que Nuestras exhortaciones los hechos preclaros de aquellos héroes que, siguiendo de cerca a Jesucristo Nuestro Señor, supieron grabar en sí mismos la imagen de santidad de tan divino modelo.”[32] Como santa, entonces, Teresa les gana a los teólogos — incluso a los pontífices — en cuanto a poder y alcance evangélicos, y según Pío X iguala (“en poco o en nada cede”, citado arriba) a los padres y doctores de la iglesia con su doctrina – es decir, con sus enseñanzas.

Aun va más lejos Pío X. “Los más insignes doctores” contemporáneos de Teresa reconocieron que la doctrina de ella era mejor incluso que la de los mismos padres de la Iglesia: “no llegaban a comprender cómo pudo esta Virgen reducir con tanta maestría y elegancia a un cuerpo de doctrina lo que sin orden y confusamente enseñaron los Padres de la Iglesia.”[33] Ya no se trata de “en poco o en nada cede,” sino que Teresa enseña mejor que los propios padres y doctores de la Iglesia, según el papa Pío X, que afirma estar expresando también la opinión de los teólogos de la época tridentina.

Al afirmar la capacidad docente de Teresa, Pío X desea utilizarla para enseñar una lección que tendría muy presente por esas fechas. En la misma carta de 1914, el papa sugiere que Teresa ejemplifica una solución para un problema contemporáneo al que alude sin extenderse sobre el asunto. Me refiero a lo que se conoce como la crisis modernista.[34]

Comenta el papa que Teresa “nada enseña que no esté rigurosamente conforme con la más sana teología católica,” y que por su sencillez supera las contribuciones de los padres de la iglesia, como ya hemos visto.[35]

Observa el papa: “aún hay más, teniendo en cuenta los errores de este siglo sobre esta materia, Nos ha parecido muy digno de notarse que Teresa no sólo distingue perfectamente lo que hay de humano y de divino en los movimientos místicos del alma y señala oportunamente los actos que en ellos pertenecen a la inteligencia y a la voluntad, sino que también exige que vayan acompañados con el ejercicio y práctica de las virtudes.”[36]

Frente a los errores del siglo

Ella no cae en los errores del “siglo”, los del modernismo, que podrían resumirse como un exceso de independencia, un rechazo del magisterio eclesiástico, y un querer hacer la voluntad de uno mismo en vez de pensar en el resto del Cuerpo de Cristo. Claro, los teólogos modernistas defendían su postura, explicando que seguían su criterio bien formado por los estudios históricos de la Biblia, y alegando que la Iglesia no tomaba en cuenta los conocimientos contemporáneos de varios campos y disciplinas, no solo de la historia de la Biblia.

El asunto no era fácil porque estos teólogos modernistas, a quienes el papa veía como enemigos de la Iglesia, eran personas eruditas, y argüían lo que argüían en buena fe. Pío X entendía su plataforma, pero también veía que su forma de criticar al magisterio debilitaba la unión de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo.

En su carta-homenaje para el tercer centenario de la beatificación, Pío X resalta la manera en que Teresa hacía lo contrario, al no separarse de la misión de la Iglesia. El papa explica en su carta que ha quedado impactado por el sentido práctico de Teresa a la hora de ejercer “el celestial magisterio de la santa doctrina que había de enseñar.”[37]

La reformadora carmelita sabía relacionarse con la gente para conseguir sus objetivos.

“Lograba conquistarse con fuerza irresistible todas las voluntades”, escribe el papa, notando que santa Teresa atraía a los muchos y “preclaros varones” de su siglo porque “reunió en sí las grandes virtudes y los ricos carismas de aquellos hombres insignes, cuya dirección y amistad cultivó con tanto cuidado.”[38] Ganó a todos por la caridad, y con su gran corazón animó a todo el cuerpo del que formaban parte tanto ella como los teólogos protagonistas de su siglo.

Al describir a Teresa como una síntesis de carismas, el Santo Padre aplica a Teresa de Jesús el modelo vocacional de santa Teresa de Lisieux, quien, según lo que relata ella misma en Historia de un alma, deseaba vivir varias vocaciones y carismas: guerrero, sacerdote, apóstol, doctor y mártir. Santa Teresa de Lisieux terminó abarcando todas las vocaciones al declarar, recordando las palabras de san Pablo (1 Corintios 12:31-13:3), que la Iglesia tiene un corazón, sustento de todo el Cuerpo, y que ella podría ser ese corazón amante: “¡Mi vocación es el amor!”.[39]

Cuando el papa Pío X se refiere a la victoria de santa Teresa de Jesús, de su conquista de voluntades, deja claro que el “celestial magisterio” de su doctrina es positivo, caritativo, social, y sobre todo unificador y constructivo. La “fuerza irresistible” de Teresa se debe a su paciencia, a su don de gentes, y no solo a ese don en sí, sino al reconocimiento de la importancia de utilizar su carisma personal para fomentar la unión en vez de salirse con la suya. Antes de Teresa del Niño Jesús, Teresa de Jesús ya era el corazón de la Iglesia, ejerciendo la vocación del amor e inspirando la unidad.

Obstat sexus

Para que Teresa llegase a ser reconocida oficialmente como doctora de la iglesia, había que superar un obstáculo más.

Ya estamos en la época del papa Pío XI (1922-1939). Aún después de una campaña de estudios bíblicos, teológicos e históricos, más testimonios de expertos de la Comisión Bíblica que afirmaban que los textos de san Pablo que parecían negarle a la mujer el papel de maestra de doctrina no deberían impedir la declaración del doctorado de santa Teresa, el papa Pío XI falló “Obstat sexus”, diciendo que su sucesor podía resolver el asunto.[40] Todavía no pudo ser, a pesar de los preparativos hechos por las diferentes órganos eclesiásticos, incluyendo el papa Pío X, que había insistido en la fuerza aglutinadora de la santa española en un momento en que las divisiones amenazaban con debilitar la iglesia.

La declaración de Teresa como doctora de la Iglesia

El sucesor de Pío XI que por fin declaró a santa Teresa doctora de la iglesia no fue ni Pío XII ni Juan XXIII, sino Pablo VI.

La declaración oficial se hizo después de la promulgación de los documentos del Concilio Vaticano II, sobre todo Lumen Gentium 12, con su referencia al Espíritu Santo que distribuye sus gracias según su parecer, por el bien de la Iglesia, entre los fieles de cualquier condición y rango.

Esta aclaración sobre los carismas, junto con nuevas interpretaciones de las epístolas de san Pablo (1 Corintios 11:3-5 y 14:34-35; y 1 Timoteo 2:11-12) que no les negaban a las mujeres su función docente, despejaron definitivamente el camino hacia la proclamación del doctorado de santa Teresa. Solo dos meses después de la conclusión del Concilio Vaticano II, el papa Pablo VI le encargó a la Congregación de Ritos investigar si las mujeres podían ser nombradas doctoras de la iglesia, dado que su santidad y doctrina sobresaliente habían contribuido grandemente al bien común de la iglesia.[41]

Invitados por la Congregación a estudiar la cuestión, un carmelita, un dominico, un franciscano y un jesuita determinaron que sí, y con la aprobación de este grupo variado, reflejo de los carismas reunidos por Teresa que vio el papa Pío X como encarnación y afirmación de la unidad de la iglesia, la Congregación ratificó la respuesta positiva el 17 de diciembre 1967.[42]

La Congregación actuó con eficiencia, pero el entusiasmo y energía de Pablo VI no le habían permitido esperar su decisión. Anunció la novedad por anticipado. El 15 de octubre de 1967, en la fiesta de santa Teresa, durante el Tercer Congreso Mundial de Apostolado Seglar, que contó también con la presencia de los miembros del Sínodo Episcopal, el papa afirmó para laicos y obispos que su intención era nombrar doctoras a santa Teresa y santa Catalina.[43]

Solo tuvo que esperar tres años más, y cuando nombró doctora a Teresa, aclaró que, con dicha declaración, no confería el honor, sino que lo reconocía.[44] Para los fieles, muchos teólogos y, por supuesto, numerosos españoles e hispanoamericanos, Teresa ya era considerada doctora desde hacía tiempo.

Denise DuPont (Estados Unidos) es doctora y catedrática de literatura y cultura españolas. Ha hecho un Máster en Estudios Teológicos (Perkins, SMU, 2017), y es autora de Realism as Resistance: Romanticism and Authorship in Galdós, Clarín, and Baroja (Bucknell University Press, 2006), Writing Teresa: The Saint from Ávila at the fin-de-siglo (Bucknell University Press, 2012) y Whole Faith: The Catholic Ideal of Emilia Pardo Bazán (Catholic University of America Press, 2018).


[1] Luis de León, Los libros de la madre Teresa de Jesús fundadora de los monasterios de monjas y frayles Carmelitas Descalços [sic], Salamanca, 1588, 8-11; citado en Evaristo Renedo, “Doctorado,” Diccionario de santa Teresa de Jesús. Ed. Tomás Álvarez. Burgos: Monte Carmelo, 200, 799.

[2] Renedo, “Doctorado,” 801.

[3] Steven Payne, OCD, “I feel within me the vocation of the DOCTOR”: A Theological Study of the Declaration of St. Thérèse of Lisieux as Doctor of the Church (tesis doctoral, Universidad Católica de América, 2000), 9.

[4] Payne, “I feel within me”, 10–11.

[5] Payne, “I feel within me”, 13.

[6] Payne, “I feel within me”, 14.

[7] Keith J. Egan, “Catherine & Teresa: Doctors of the Church,” Commonweal (17 noviembre 1995), 10.

[8] Payne, I feel within me”, 15.

[9] Payne, I feel within me”, 16.

[10] Payne, I feel within me”, 17.

[11] Lucas Viar, “Saint Teresa of Avila’s Biretta: A Brief Introduction to the Iconography of St. Teresa as Doctrix Ecclesia,” Liturgical Arts Journal (16 octubre 2020), https://www.liturgicalartsjournal.com/2020/10/saint-teresa-of-avilas-biretta-brief.html.

[12] Renedo, “Doctorado,” 800.

[13] Para apreciar la proliferación asombrosa de representaciones de santa Teresa con el birrete en la Nueva España del siglo XVIII, se puede consultar Antonio Rubial García, “El birrete de santa Teresa y la ciencia infusa. Creación y expansión de un nuevo modelo femenino en el arte novohispano,” Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas 40.112 (2018), 99-131, https://www.scielo.org.mx/scielo.php?pid=S0185-12762018000100099&script=sci_abstract&tlng=en, donde explica el autor que Teresa se conocía como doctora por la ciencia infusa. El birrete se popularizó para teólogos, académicos, y autoridades jurídicas en el siglo XVII, precisamente el siglo de la canonización de santa Teresa (para más detalles se puede ver Viar, “Saint Teresa of Avila’s Biretta”).

[14] Ver Rubial García, “El birrete de santa Teresa”, y Viar, “Saint Teresa of Avila’s Biretta”.

[15] Viar, “Saint Teresa of Avila’s Biretta.”

[16] Erin Kathleen Rowe, Saint and Nation: Santiago, Teresa of Avila, and Plural Identities in Early Modern Spain, University Park: Editorial de Penn State University, 2011, 118-19.

[17] Rubial García, “El birrete de santa Teresa”, 106.

[18] Rubial García, “El birrete de santa Teresa”, 106.

[19] Rubial García, “El birrete de santa Teresa”, 106.

[20] Francisco de santa María, Reforma de los Descalços de Nuestra Señora del Carmen de la primitiva Observancia hecha por Santa Teresa de Jesús, Madrid: Diego Díaz de la Carrera, 1644; c. 37, t. 1, L. 5, 900-903; 900:

“Ablando pues de Santa Teresa digo, no por mi parecer, no por voto de mi Orden, no por devocion de sus aficionados, sino por testimonio Jurado de gravísimos Teólogos, i sentencia difinitiva del Sagrado Tribunal de la Rota: que es Dotora de la Iglesia; por lo menos en Teología mística. I si la comun voz i aplauso de todos los Fieles doctos i no doctos, suele con el tiempo levantar mas, i mas; tal es el recibo que en toda la Iglesia tiene oy nuestra Santa Madre, que Podemos esperar llegara a ponerle al lado de los mas levantados” (sic).

https://archive.org/details/A055078/page/899/mode/2up (y citado en Renedo, “Doctorado,” 800).

[21] “Para el siglo XVIII, el doctorado de santa Teresa era ya vox populi,” comenta Rubial García (“El birrete de santa Teresa,” 112).

[22] Rubial García, “El birrete de santa Teresa”, 107. Para este tema también se puede consultar la tesis doctoral de María José Pinilla Martín, Iconografía de santa Teresa de Jesús, Universidad de Valladolid, 2013, http://uvadoc.uva.es/handle/10324/4249.

[23] Renedo, “Doctorado,” 801.

[24] Renedo, “Doctorado,” 804.

[25] Renedo, “Doctorado,” 802.

[26] Citado en “Pío X y Santa Teresa,” Homenaje literario a la gloriosa doctora Santa Teresa de Jesús en el III centenario de su beatificación, Madrid: Alrededor del Mundo, 1914; 5.

[27] Renedo, “Doctorado,” 802.

[28] Viar, “Saint Teresa of Avila’s Biretta.”

[29] Egan, “Catherine & Teresa,” 10.

[30] “Pío X y Santa Teresa,” Homenaje literario a la gloriosa doctora Santa Teresa de Jesús en el III centenario de su beatificación, Madrid: Alrededor del Mundo, 1914; 4.

[31] Ver sus decretos Sacra Tridentina Synodus (1905) y Quam Singulari (1910).

[32] “Pío X y Santa Teresa,” Homenaje literario, 4.

[33] “Pío X y Santa Teresa,” Homenaje literario, 5.

[34] La crisis modernista, descrita como una «guerra santa y civil dentro del catolicismo” (ver Cristóbal Robles Muñoz: “La Pascendi Dominici Gregis (1907) vista desde los modernistas”, Anthologia Annua 50 (2003), 11-166), surgió como respuesta de la Iglesia a la crítica bíblica histórica, los avances científicos, los acercamientos histórico-críticos a la teología, el racionalismo y el individualismo (sobre todo el énfasis en la conciencia individual en cuestiones de la fe y el escepticismo frente a la autoridad tradicional), tras el Concilio Vaticano I (1869–1870).

La jerarquía eclesiástica destacó e insistió en la autonomía de la Iglesia frente a la modernidad y la cultura materialista. Hitos clave incluyen los decretos antimodernistas de Pío X, el Lamentabili sane exitu y la encíclica Pascendi Dominici Gregis (los dos de 1907) que condenaron el modernismo como una amenaza a la doctrina. Los modernistas veían el dogma como algo evolutivo, enfatizaban la libertad e independencia intelectual y espiritual del creyente, y privilegiaban las virtudes naturales y la actividad por encima de lo sobrenatural y lo que veían ellos como pasividad – la vida contemplativa, por ejemplo.

Pío X vio el movimiento como una manifestación de orgullo, desobediencia y curiosidad malsana, y quiso combatir las tendencias subversivas con una estricta supervisión y censura. He tratado más a fondo estos temas en “Humility and Hope in the 1914 Homage to St. Teresa of Ávila”, Santa Teresa: Critical Insights, Filiations, Responses, Tübingen: Narr Francke Attempto Verlag GmbH + Co. KG (serie: Orbis Romanicus, Vol. 10), 2019, 213-29.

[35] “Pío X y Santa Teresa,” Homenaje literario, 6.

[36] “Pío X y Santa Teresa,” Homenaje literario, 6.

[37] “Pío X y Santa Teresa,” Homenaje literario, 4.

[38] “Pío X y Santa Teresa,” Homenaje literario, 4-5.

[39] Santa Teresa de Lisieux, Manuscrito B 1. Manuscritos autobiográficos (Historia de un alma). Manuscrito “B” dedicado a la Reverenda Madre Inés de Jesús, https://www.clerus.org/bibliaclerusonline/pt/jgo.htm.

[40] Renedo, “Doctorado,” 802; Egan, “Catherine & Teresa,” 10; Payne, I feel within me”, 80.

[41] Egan, “Catherine & Teresa,” 10.

[42] Egan, “Catherine & Teresa,” 10.

[43] Renedo, “Doctorado,” 804.

[44] Egan, “Catherine & Teresa,” 10.

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